Primer mes: fracaso

 

A las 17.10 horas de este lunes, aún con rasgos de resaca y ligeramente deprimido después de tres días de euforia, Gómez, que cumplió un mes y una semana en Barcelona, meditó que aún no ha alcanzado ninguno de los objetivos que se trazó cuando aterrizó en El Prat: todavía no tiene trabajo, sigue siendo un indocumentado, no ha encontrado el amor y apenas copuló una vez (a cambio de 40 euros en un burdel clandestino de Las Ramblas).

En lugar de eso, Gómez ha caído en permanentes excesos y cometido, involuntariamente, un número indeterminado de delitos menores. Tuvo, por ejemplo, un confuso incidente con el guardia de un club y hoy su nombre figura en la lista de personas no deseadas. Abordó, más tarde, a una mujer comprometida y su integridad corrió peligro. En fin, Gómez, a 40 días de su llegada al primer mundo, se siente inquieto y por eso decidió, junto con enrielar su vida, iniciar este diario. A modo de terapia, piensa Gómez.

Gómez, he de aclarar, soy yo: un inmigrante latinoamericano que suele referirse a él mismo en tercera persona. Se trata, cree Gómez, de un recurso literario con fines meramente estéticos y no obedece, necesariamente, a tendencias narcisistas. Es un ciudadano promedio, nacido en un país subdesarrollado y con estudios incompletos. Gómez ha incursionado en un sinfín de oficios y en todos, confiesa, ha fracasado.

Por eso decidió escapar, dejar atrás Latinoamérica, y probar suerte en España. Gómez cree que aquí, en Barcelona, podrá por fin poner al servicio de la sociedad sus múltiples habilidades que allá, en sus tierras, no eran valoradas. Aún, eso sí, Gómez no tiene total claridad de qué habilidades habla. Espera averiguarlo pronto.

Hoy, y en medio de esa búsqueda, de hecho, Gómez se encontró en la calle con un hombre inválido y muy desaseado que ofrecía consejos gratis. Se hace llamar El Filósofo y pasa los días sentado en una esquina de Gran Vía. Gómez, visiblemente confundido, decidió acercarse al hombre y relatarle, de manera resumida, su primer mes como inmigrante. El Filósofo escuchó a Gómez con paciencia y, una vez terminado el monólogo, le dijo: Gómez, sigue adelante.

Gracias, Filósofo, le dijo Gómez y obedeció su consejo: siguió adelante.

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