¿Confiar o desconfiar?

Uno de los grandes miedos es el desconocimiento. Lo más fácil es quedarnos en nuestra zona de confort, donde estamos seguros y donde sabemos que todo va a ir bien.

Sin embargo, hay personas que necesitan más. Seguramente eres una de esas personas, por eso estás aquí.

La primera vez que cogí un avión con una de mis mejores amigas, mis pensamientos eran cien por cien positivos, sin ningún miedo. Previamente habíamos acordado no confiar en nadie hasta que las dos estuviéramos de acuerdo.

Cuantas veces habría escuchado aquello de “cuidado no te pongan droga en la mochila”, “allí te secuestran y te despiertas en una bañera llena de hielo y sin órganos”, “las chicas no pueden viajar solas, es demasiado peligroso”.

Desgraciadamente, estas cosas pasan, pero en todas partes. No podemos, por lo tanto, quedarnos en casa sin hacer nada por miedo. Al fin y al cabo, aquí en Barcelona también hay atracos, violaciones y secuestros.

Costa Rica. Llegamos en el aeropuerto a las 11pm. Nuestro rostro cambió de felicidad a agobio y estrés en 3 minutos. Al salir, nuestra piel blanquita, nuestra mochila dos veces más grande que nosotras nos delató, y en este instante empezaron los: “¡Taxi aquí! ¿Dónde van señoritas? ¿Ya tienen alojamiento? ¡Yo sé de un hostal muy bueno! y mil más. Finalmente, cogimos un taxi que tenía buena pinta y que los colores eran los que la guía describía como legales, y la matricula sobretodo.

Así pues, nos dirigimos hacia la casa donde nos esperaba un candado con un código para poder entrar e ir directo a la cama.

En Costa Rica, las 11pm es muy tarde así que el barrio era un cementerio.

Fueron los 15 minutos más largo de mi vida, estábamos poniendo el código en el candado cuando de repente un hombre encapuchado con un jersey negro venía hacia nosotras con la cabeza bajo. Mi amiga llevaba una navaja en la mochila, y a la vez que yo la buscaba en uno de sus mil bolsillos, ella iba poniendo una y otra vez el código; el hombre estaba cada vez más cerca.

No sé si estábamos riendo o llorando  pero mi corazón iba a cien mil por hora, hasta que toqué el timbre, que minutos antes no quería tocar por respeto a la familia. Toqué una y otra vez, como si mi vida estuviese a punto de desaparecer. Finalmente se escuchó un “¡shhhhhhht! ¡Parar de tocar el timbre!” y apareció una luz en forma de mujer, que nos abrió. Entramos como rayos, miramos por la ventana y vimos el hombre aún con la capucha puesta intentando poner un código parar entrar en la misma casa.  A salvo ya, nos miramos con mi amiga y nos abrazamos.

Lo más gracioso es que la mujer no se estaba percatando de nada y nos dijo que nuestra reserva era para el día siguiente…¡ah! y que el taxi nos había estafado. Todo perfecto…

Contada esta pequeña pero intensa (al menos para mi) historia, debo decir que es la ÚNICA vez durante este viaje que pasé miedo. Unos podrán decir que juzgamos al hombre muy rápido, otros no tanto…

Perú. Habíamos hecho una actividad con el buggy en el Oasis de Huacachina, y nos había caído tan bien el guía que aceptamos la invitación para ir a tomar unos pisco sawers, a un pueblecito cerca del Oasis. Quedamos a las 7pm de la tarde para ir en su coche, antes pero, le habíamos dicho que no enseñara fotos del lugar y si algunos turistas habían estado en este sitio, y así nos lo confirmó.

Íbamos cuatro amigas en el coche, dos de ellas estaban contentísimas sin pensar que no nos podía pasar nada. En cambio, mi otra amiga y yo, a medida que íbamos adentrándonos en calles irreconocibles e imposibles de memorizar, además de noche, no nos convencía de nada, queríamos saltar del coche…

Al llegar al bar, fuimos rápido a ver si habían más turistas, y nos percatamos que todo eran chicas. Continuamos serias y sin beber hasta que vimos más forasteros, y en este momento nos relajamos y empezamos a disfrutar de la noche.

Acabamos bailando salsa con todos los de bar. Imaginaros.

A todo esto, sigo pensado que una de las cosas más difíciles de estos viajes es encontrar el límite de la desconfianza y la confianza. Cada uno es como es, así que debemos encontrar el punto exacto el cual estemos a gusto y cómodos, sin pasar miedo.