Ni tan exploradores ni tan modernos

Por Felipe Rioseco

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Apenas seis palabras le tomó a Claude Lévi-Strauss (antropólogo y etnólogo francés, aunque nacido en Bélgica), marcar las directrices que, de alguna manera, definirían las siguientes 400 páginas de su libro más célebre: Tristes Trópicos. 

Ya en el comienzo, Lévi-Strauss anuncia: “Odio los viajes y los exploradores”, intentando, quizás, marcar una distancia con el arquetipo de explorador que conocemos en occidente. Seguida a esa frase, sin embargo, recula y explica que se dispone, en este libro, a relatar sus expediciones. Porque si Levi-Strauss era algo además de investigador, ese algo es, justamente, explorador.

En el libro, el antropólogo francés recorre, a veces cayendo en saltos temporales y espaciales demasiado violentos -que por momentos le dan una complejidad innecesaria a la lectura-, más de 15 años de viajes por distintos lugares y épocas. Si bien es justamente el trópico, y sobre todo la selva brasileña, uno de los escenarios esenciales de la obra, también lo es la sociedad francesa de posguerra y la decadencia de la aristocracia en un país derrotado.

Dice Lévi-Strauss que los exploradores emprenden sus viajes con el único fin de volver al país de origen y montar una exposición, generalmente en salones elegantes y plagados de lujo, ante otros teóricos como ellos. Todo con un aire entre vanidoso y narcisista. Critica, también, los textos que pretenden retratar una cultura o tribu desconocida (¿desconocida para quién?, se pregunta) y que, en lugar de eso, terminan cayendo en una sucesión de anécdotas. Sin embargo, el mismo Levi-Strauss muestra en Tristes Trópicos muchas de las costumbres que cuestiona. No faltan en sus páginas anécdotas prescindibles o recuerdos personales que, para un lector mal intencionado, podrían tratarse de intentos del autor por acrecentar su figura de viajero.

También abundan en sus líneas frases paternalistas para con los indígenas latinoamericanos. Habla de ellos, aunque de manera implícita, como seres culturalmente muy inferiores a los científicos europeos que llegan hasta su territorio para estudiarlos. Páginas después, sin embargo, Levi-Strauss defiende la autenticidad y valor de estas tribus y a quienes cuestiona es a sus pares, que pretenden conocerlos con sólo haber convivido con ellos durante dos o tres días.

Más allá del valor antropológico del libro, uno de los grandes aciertos del autor es, ya a mediados del siglo pasado, adelantar un fenómeno que con el tiempo sólo seguiría creciendo: el turismo. No usa nunca, Lévi-Strauss, esa palabra. Se refiere, simplemente, a la masificación de los viajes, a la aparición de aerolíneas comerciales y a la invasión de antiguas tierras vírgenes, que bien retrató el novelista Rudyard Kipling. En términos bélicos, además, el francés menciona la utilización de islas polinésicas por ejércitos occidentales como bases militares y “portaviones gigantes”. Todo esto se puede leer, quizás, como un presagio o, mejor dicho, una lectura demasiado certera del turismo de masa que conocemos hoy.

Dentro de todo este panorama, Lévi-Strauss retrata con pericia la convivencia entre el primer y el tercer mundo, si es que ambos mundos existieran. La convivencia, por ejemplo, de científicos europeos e indígenas latinos. De científicos franceses, formados en las mejores universidades de Europa, y policías bolivianos prácticamente analfabetos. La convivencia, también, de aristócratas todavía dueños de sus fortunas con otros, también aristócratas, pero víctimas de la guerra y convertidos en nuevos pobres. Hay en las líneas de Lévi-Strauss pocos adjetivos y muchas escenas. Poca opinión y muchos hechos. Se trata, lo advirtió él mismo, de un libro personal y no de un texto académico. Pero termina siendo, al mismo tiempo, un retrato único de los exploradores, los nuevos Marco Polo y de lo ridículo que, muchas veces, terminan siendo los viajes. Todo, dicho por uno de los principales viajeros del siglo.

Se aplica muy bien en el libro de Lévi-Strauss la ultrarrepetida frase de Robert Louis Stevenson: “No hay tierras extrañas; el único extraño es el viajero”. Y eso debemos saberlo.

Quedan pocas, o quizás ni una, tierras por descubrir. Pero aún muchas historias por contar.

Las costumbres burguesas son un mal aliado para quien quiera convertirse en viajero.