Viajar, aprender y repetir

Shakespeare en la Selva - reseña de libro laura bohannan - de trip en trip

Solo la brujería puede volver loco a alguien. A menos, claro está, que uno haya visto a los seres que se ocultan en el bosque”.

Creo haber leído esta frase una infinidad de veces y siempre topo con la misma respuesta. La misma realidad. La realidad occidental que me impide ver más allá de mi propio ombligo, de analizar el mundo de acuerdo con mi propia cultura ¿O acaso al leer esta frase no has pensado que pertenece a un relato fantástico o de ciencia ficción? ¿Brujería? ¿Seres del bosque? Son elementos que tachamos de irreales y a los cuales no damos importancia. Es más, hay quien considera que su cultura y pensamiento son superiores y caer en esos temas es de gente poco civilizada o incluso inculta.

Cuando viajamos tendemos a cometer el error de analizar las demás culturas tomando como referencia la nuestra propia y esto nos hace ser más estrechos de miras y acabar empleando palabras como “primitivo”, “salvaje” o “incivilizado” haciendo referencia a personas de otras culturas.

Laura Bohannan narra al principio de su relato: “mi amigo me regaló un ejemplar de Hamlet para que lo estudiara en la selva africana: me ayudaría, según él, a elevarme mentalmente sobre el entorno primitivo, y quizás, por vía de la prolongada meditación, alcanzara yo la gracia de su interpretación correcta”. Durante su convivencia con los Tiv en África occidental, Bohannan comienza a pensar que Hamlet solo tiene una única interpretación posible y que ésta es universalmente obvia, por lo que decide poner a prueba su teoría contando la historia a los hombres del poblado.

A medida que va relatando la trama se da cuenta de que Hamlet no es tan universal como cree, pues los hombres, con sus continuas preguntas, van deformando el relato hasta reconstruirlo por completo. Una tragedia que para nosotros versa sobre la venganza, el incesto o las relaciones de poder, para ellos se transforma en una historia sobre brujería, presagios y jerarquías de linaje. Es por esta razón que viajar consiste en empaparse de la cultura, mezclarse con la gente y aprender sus costumbres, solo de esta forma podremos llegar a conocer el destino.

Dejé de ser contadora de historias, saqué mi cuaderno y pedí que me explicaran más sobre esas causas de locura. Aún cuando ellos hablaban y yo tomaba notas, traté de calcular el efecto de este nuevo factor sobre la trama”. De este modo, Bohannan termina relatando una historia que ya no es suya, sino también de su audiencia gracias al diálogo intercultural.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que, a pesar de las diferencias, nos parecemos más de lo que creemos y compartimos infinidad de rasgos (culturales, lingüísticos, físicos, religiosos, etcétera). “Ya os dije que si conociéramos mejor a los europeos, encontraríamos que en realidad son como nosotros”- dice uno de los ancianos Tiv durante el relato de Hamlet. Y es que aunque dos culturas no tengan nada que ver a priori, las personas en el fondo somos iguales, quizás porque vivimos en un mundo prácticamente globalizado donde la economía, la tecnología, la política y la cultura tienden hacia un modelo común en el que no se permite la complejidad y heterogeneidad de las sociedades. Es triste ver cómo se pierden tradiciones, lenguas o pueblos enteros con el paso de los años para ver emerger cadenas comerciales, modas ridículas e incluso basureros tecnológicos que se van olvidando en aquello que alguien quiso llamar “Tercer Mundo”.

Por esta razón, creo que cuando vamos a cualquier lugar, lo más importante, y quizás interesante, es tratar de pasar desapercibido, mezclarse con el resto y camuflarse con el entorno para aprender sobre el destino. De lo contrario nos quedaríamos con lo superfluo del viaje y nuestros relatos al final estarían vacíos, sin nada que decir. Lo cual me lleva al segundo consejo: contar historias, historias de personas, personas con alma, almas ancladas a un lugar. Esta es la clave de un buen relato, de un contenido sincero y emocional que suscite en el lector ganas de conocer, de sentir y de dejar volar la imaginación.

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Sin embargo, me gustaría terminar con un fallo mayúsculo que cometemos muchos de nosotros cuando viajamos física o racionalmente, y es que a veces no somos capaces de concebir otras culturas, tradiciones o maneras de pensar diferentes a lo que se supone que es correcto, moral o simplemente “común” en nuestra sociedad. Debemos tener en cuenta que no hemos sido educados en el mismo entorno ni con los mismos valores y que, por esta razón, nos cuesta tanto imaginar que lo que para nosotros puede ser una aberración, en la otra punta del mundo quizás es algo cotidiano que forma parte de la vida de las personas.

Sin ir más lejos, tomaré como ejemplo el uso del burka. Aunque pensemos que hay muchas mujeres que no desean llevarlo y que se ven obligadas (y por supuesto las hay) también hay muchas otras que lo llevan porque quieren, pero nuestra cultura nos ha enseñado que llevarlo supone atentar contra la libertad de la mujer y por ello pensamos que todas las mujeres son obligadas a llevarlo. Nos enfadamos y alzamos las manos al aire en símbolo de protesta sin siquiera pararnos a pensar que quizás nadie les ha preguntado a esas mujeres si realmente desean llevarlo. Ya hemos decidido por ellas. Por lo tanto no decidamos por los demás, que cada uno elija qué desea pensar.

Si lo extrapolamos al texto, cuando Laura Bohannan narra la historia de Hamlet y se da cuenta de que los Tiv tienen otra forma de entender la misma historia, no intenta cambiar su percepción de la misma, no intenta inculcarles sus ideas o imponerles su forma de pensar, simplemente se limita a aprender de ellos. Al fin y al cabo, la vida no es más que un continuo viaje de aprendizaje.