El problema de escribir cuando las palabras no llegan

Hoy, 10 de abril de 2017, se cumplen tres semanas desde la última vez que pude escribir más de diez líneas por convicción. Me he bloqueado. El lenguaje me parece insuficiente para plasmar en el papel todo lo que quiero decir. Sí, soy de las románticas que suelen llevar consigo una libreta y bolígrafo “por si la inspiración aparece”.

Son las 00.45 horas, la jaqueca que me asechó durante días ha cedido un poco y me siento optimista frente al ordenador. Hoy lo conseguiré, me digo a modo de mantra mientras me obligo a teclear hasta que este texto tome forma. Pienso, de pronto, que presentarme es una buena idea. Lo hago.

Mi nombre no es importante, finalmente no participé en su elección. Así que lo omitiré hasta que sea necesario decirlo.

Crecí rodeada de letras y preguntas, aunque muchas de éstas no tuvieron respuesta: ¿Soy real o no? ¿Estoy soñando lo que vivo? ¿Podemos pensar sin lenguaje? ¿Por qué no me dijo que estaba mortalmente enfermo? ¿Por qué le teme tanto a la libertad? ¿Algún día dejaré de cuestionarme tanto?  

Entonces me dediqué a escribir cartas a mi familia, a mis amigos, a personas muertas y desconocidas, a los amorosos que han coincidido en mi camino y a mí (a mis Yo del futuro y del pasado). Correspondencia que jamás envío a los destinatarios porque tengo la idea de que las palabras no caducan, pero los sentimientos que provocaron trazarlas sí lo hacen.

Sin una previa lectura las respuestas no llegarán, eso está claro, sin embargo, me atrae el imaginar que mi conexión con esas personas está basada en las letras. En lo que se ha dicho y en lo que aún está envuelto por el silencio y lo impronunciable.

Ahora estoy aquí, tratando de entender por qué no he podido escribir la primera página de este diario. Viene a mi mente Nietzsche, el filósofo nihilista alemán al que le he dirigido algunas epístolas. Él se cuestionaba si el lenguaje era el único medio para expresar la realidad. ¿Es, acaso, mi experiencia incomunicable?

Quizás mañana, por fin, se revelen las palabras precisas ante mi ansiedad de sacar lo que hay en la mente. Me pregunto, al final,  si es necesario decir todo lo que pensamos y pensar todo lo que sentimos. ¿Tiene sentido? No lo sé, pero aquí no quiero callar también.

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