Novena barca, barca nona, barcinona, Barcelona

Los orígenes de las ciudades históricas siempre se han buscado entre leyendas. Fue Hércules quien, después de llegar a las costas Mediterráneas de Iberia, subió a la primera montaña que encontró y observó, entre dos ríos, un paisaje de olivos, pinares, almendros y laureles que tapizaban suaves colinas, como un avance geológico, hasta que sus ojos tropezaron con la sierra de Collserola.

Según la historia mitológica griega, después de luchar contra los Geriones, Hércules conquistó Sevilla, Tarassona, Tarragona, la Seu d’Urgell, Balaguer, Manresa y Vic. Fue más tarde, cuando quería acabar de colonizar la unidad Europea, que recibe una embajada de griegos ilustres que le piden que participe a la guerra de Troya. Sólo le llega una parte de la embajada porque una tormenta ha derrumbado la mayor parte de las naves delante una extraña montaña denominada Mont Jovis, la actual Montjuïc; y Hércules, después de aceptar el encargo, funda una pequeña colonia a la montaña desde donde se ha contemplado la tormenta. Los habitantes serán únicamente los supervivientes de la novena embarcación. De aquí nace, con la astucia etimológica del historiador: novena barca, barca nona, barcinona, Barcelona.

Barcelona nace desde una colina que ha sido protagonista durante toda su evolución. Una ciudad que tiene perfilados sus puntos cardinales por la geografía. Son el mar, el Mediterráneo; dos ríos, el Besòs y el Llobregat; y finalmente un supuesto norte de montañas donde se haya el famoso y conocido Tibidabo. Hoy en día, el crecimiento de la ciudad ha eclipsado con sus calles y sus casas estos puntos cardinales.

Desde Montjuïc, con Hércules o sin Hércules,  los layetanos, pobladores primitivos de estas tierras, controlaban todos los caminos desafiantes, fueran de mar o de tierra. Más tarde, Laye, quedaría como referencia Ibérica casi mítica, y muchos años después reviviría la Vía Layetana como nombre de una vía que destruiría parte de la Barcelona antigua.

Yo beberé, algún día,

el rojo vino, el aire

de tu resucitada

juventud, y saldré

por tus calles cantando,

cantando hasta quedarme

sin voz, porque serás,

de nuevo y para siempre,

albergue de extranjeros,

capital de los mares,

patria de los valientes,

tú, Laye, mi ciudad.

Este poema de José Agustín Goytisolo, transmite el pasado idealizado y el futuro fantaseado desde un Montjuïc que coronaba un castillo de historia controvertida.

Montjuïc, conocido como el lugar estratégico de defensa de la ciudad en los viejos tiempos,  donde se construyó un castillo que ha vivido momentos históricos que han marcado nuestra historia hasta hoy, y que se dieron durante el reinado de Felipe IV, cuando éste quería apoderase de Barcelona y acabar con la definitiva dependencia de Cataluña en relación con la corona de Castilla.

El castillo de Montjuïc cambió de signo histórico cuando Cataluña perdió la guerra. Pasó de defender la ciudad a vigilarla, hasta que los catalanes se vieron con fuerza para volver al ataque contra el Estado Español, que dio lugar a la guerra de Sucesión de 1700.

monumentacolondesdemira
Barcelona antigua desde Miramar

Crónica basada en el libro:

VÁZQUEZ, Manuel. (1987), Barcelones. Barcelona, Ed. Empúries.

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