Indocumentado (todavía)

Por Gómez

Sostiene Gómez que todo se debió a un infortunio, a una fatiga súbita provocada por una atmósfera demasiado densa, a un descuido involuntario que lo distrajo. En definitiva, sostiene Gómez, al azar, que otra vez, como tantas veces, conspiró en su contra.

Sostiene Gómez que los primeros síntomas los sintió apenas entró en la sala, estrecha y plagada de inmigrantes. Como él. La mayoría, sostiene, eran latinos. También había asiáticos y africanos. Una horda de extranjeros que formaban una masa heterogénea de colores, idiomas y rasgos. El escenario, sostiene Gómez, lo turbó levemente. Se sintió aún más inmigrante que antes y, de un momento a otro, una serie de pensamientos oscuros comenzó a turbarlo.

La primera señal que percibió, sostiene Gómez, fue un olor desconocido rondando por su nariz. Luego, suaves atisbos de un mareo. Tenía el número 88 y el tablero electrónico marcaba el 43. A un ritmo, calculó Gómez, de 15 minutos por persona y considerando que había ocho módulos, aún faltaba cerca de una hora y media para que llegara su turno.

Por eso, sostiene Gómez, valiéndose de las matemáticas y la intuición -artes que nunca ha dominado satisfactoriamente-, decidió salir a la calle a tomar aire y comprar algún líquido que lo devolviera a la vida.

Y fue ahí, sostiene Gómez, cuando comenzó su tormento. Cual espiral de película de suspenso, no había en ninguna de las calles cercanas alguna tienda donde poder comprar una simple coca cola. Gómez, sostiene, caminó varias cuadras, cada vez más deshidratado, el mareo a punto de tumbarlo. Los olores rondando por su nariz, la transpiración cayendo por su frente. Sostiene Gómez que en un momento se desorientó, perdió la percepción del tiempo y el espacio. Confundió el norte con el sur e incluso tuvo dudas de si realmente estaba en Barcelona y no en Latinoamérica, de si todo esto no se trataba de un sueño.

Más tarde -Gómez ignora cuánto tiempo pasó- volvió a la oficina de Policía para tramitar su TIE y se encontró con que el tablero marcaba el número 96. Su turno, descubrió Gómez, se había esfumado. Aún mareado -Gómez no pudo comprar el tan preciado líquido-, se acercó al guardia y le expuso su problema. El guardia -también extranjero- se limitó a decirle que su turno expiró y que debía volver a solicitar la hora. Gómez, ahora absolutamente turbado, insistió para que lo atendieran y, sin darse cuenta, levantó la voz.

En ese momento, sostiene Gómez, dos uniformados sumamente fornidos lo tomaron de los brazos y lo depositaron con delicadeza en la calle.

Resignado, Gómez sacó su celular y marcó el número de la meretriz nigeriana que conoció en sus primeras noches en Barcelona. A esa alturas, sostiene Gómez, todavía indocumentado, ya sólo quedaba distraerse.

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