Despiste entre fronteras

Contentas, felices y con ganas de tener otro sello en el pasaporte (pero sin pensarlo en aquel momento), pasamos por debajo del triste y solitario arco que limita Perú con Bolivia por la parte de Copacabana, y así de fácil, por ahora (lector, quédate con esto), entramos a Bolivia.

Nos esperaba un día largo en la Isla del Sol. Pero esto no es lo interesante, iré directo al grano.

Pasadas casi las 24 horas, salimos de Bolivia, sin más. Entramos en migración peruana, y el policía, tan majo él, nos dice:

-Chicas, llenar las papeletas y me las entregáis, y los pasaportes también.

Dos minutos después, fue ver su cara y supimos que algo iba mal. Al instante, nos pregunta:

-A ver, ¿dónde está el sello de entrada y salida de Bolivia?

(Caras patidifusas)

La primera excusa que se nos ocurrió, sabiendo que habíamos sido MUY poco lógicas, fue decir que ningún policía nos había parado ni exigido nada. El comisario, con su rostro medio cómico medio serio, dijo -chicas, ¡qué error! ¿Y ahora qué hacemos?

Retrocedimos caminando hacia el arco para volver a Bolivia, como si llevásemos una piedra más en la mochila, un trauma. ¡Qué tontas habíamos sido!, era obvio que teníamos que haber pasado por migración boliviana, por Dios.

Los policías bolivianos aparentaban ser más serios que los peruanos, todo parecía mucho más formal, más cola, más turistas, más cantidad de dinero preparado en las manos de los futuros aventureros de Bolivia. En fin, nos iba a caer una buena. Pensamos como justificarnos para que nos sellasen sólo la salida del país para poder regresar, pero sería muy difícil…

Volvimos al policía del Perú suplicándole, por favor, que nos hiciera un chanchullo, pero no. De vuelta a Bolivia, les dijimos que habíamos entrado por la otra frontera de Bolivia, que sabíamos que había dos. Y manifestando nuestro primer despiste de aventureras novatas, contamos que no nos habían marcado la entrada a su país. El agente pero, reiteró que eso era imposible. Se fue a pensar. ¿La solución? Pagar una cantidad nada razonable. Y eso, ni en broma.

Otra vez, nos encontrábamos delante del policía peruano, a punto de llorar, le rogamos que nos dejase entrar a Perú, que no iríamos contándole al pueblo sobre lo ocurrido, que éramos buenas chicas y que teníamos que continuar con nuestro viaje, que no nos podíamos quedar en Bolivia ni 24 horas más ni pagar más, teníamos la plata justa.

Con una sola mirada entendimos que cedía a marcarnos el pasaporte. Su rostro expresaba pena…pena por nosotras. Finalmente lo conseguimos, y así de difícil, pudimos salir de Bolivia.

Podemos contar que cruzamos la frontera cinco veces pero en ningún lado consta que estuvimos allí. Surrealista.

Supongo que esta historia no es nada común, ya que es lógico que cuando entras a un país tienes que enseñar el pasaporte. Acuérdate.

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