Los muros invisibles de La Mina

A 17 años del inicio del Plan de Transformación, el barrio aún esconde, ahora detrás de una imagen reformada, la esencia que lo estigmatiza hace décadas: delincuencia, mafias y narcotráfico. El consumo de heroína, de hecho, se ha disparado.

«Y si el sueño finge muros
en la llanura del tiempo
el tiempo le hace creer
que nace en aquel momento»

José Monge Cruz

Por Carlos Peinado y Felipe Rioseco


En la Plaza del Camarón apenas hay tres o cuatro árboles, plantados en islas en medio del asfalto. Ninguno de ellos da sombra. Los acompañan unos cuantos bancos de metal y una zona de juegos para niños en la que ya no queda ningún juego. Está flanqueada por dos bloques de edificio con 244 pisos cada uno, muchos de ellos vacíos. En otros, en cambio, viven hasta 10 o 12 personas. Al centro de la plaza, y recibiendo el sol de frente, una figura de acero recuerda al hombre que le da el nombre al lugar: José Monge Cruz, Camarón de la Isla, cantaor gitano e ícono de la música flamenca.

       Alrededor de uno de los bancos, cinco hombres conversan sobre nada y vigilan. Y así todo el tiempo. Son integrantes de Los Manolos, el clan gitano que controla todo lo que se hace y lo que no en La Mina, el barrio de Sant Adriá de Besós que cada tanto hace noticia por redadas policiales y enfrentamientos entre bandas. Son los últimos del escalafón, nos dice Josep María Monferrer, presidente del Archivo Histórico del lugar y autor de varios libros sobre sus orígenes. Los que se encargan de avisar cuando aparecen extraños y, también, a los que acuden los drogadictos para comprar sus dosis diarias.

        Estamos más allá del límite permitido para los foráneos y hace rato que Monferrer nos dijo que guardáramos los móviles y cámaras. Aquí, dice, los extraños no suelen ser bienvenidos y sólo su compañía nos permite caminar sin llamar demasiado la atención. Los soldados —así se les conoce— apenas reparan en nosotros.

          El origen de La Mina se remite al franquismo y a los años 60’. Y al llamado plan de absorción del barraquismo. Las antiguas chabolas, desperdigadas por todo Barcelona, serían llevadas a bloques de edificios, con electricidad y agua potable, en barrios periféricos. Nacerían así los guetos verticales, que Javier Pérez Andújar, escritor nacido en Sant Adriá, definió como “esos bloques de cemento que inventaron para llevarse a los gitanos de la ciudad”.

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      Después aparecerían las bandas de narcos, las luchas por el territorio, la drogadicción y, con todo eso, la fama de La Mina. La mala fama. Mucho más tarde, en el año 2.000, y como consecuencia de los Juegos Olímpicos, se inició el Plan de Transformación del barrio. Sant Adriá había aceptado participar en las reformas a la costa a fines de los 80’, a cambio de que Barcelona invirtiera en sus zonas más vulnerables. El proyecto, anunciaron ambos ayuntamientos, contemplaba la creación del Consorci La Mina y una inversión de 200 millones de euros en mejoras sociales y urbanísticas. Hoy, a 17 años de su inicio, La Mina muestra otra cara: parques, edificios modernos, avenidas, iluminación y una rambla que poco tiene que envidiarle a la de Catalunya.

        Debajo de todo eso, sin embargo, el otro mundo. El subterráneo, dice Monferres, en el que el consumo de drogas y la delincuencia se han disparado.

 

El límite

La rambla de La Mina es amplia y cruza el barrio de arriba abajo, entre las calles Cristóbal de Moura y Eduardo Maritsany. La acompañan, por todo lo largo, jardines de pasto y palmeras, y sólo por algunas cuadras el tranvía. No hay un solo metro cuadrado de sombra y en los bancos nadie se sienta. Tampoco se ven restoranes ni locales comerciales. A lo lejos, y quizás porque hoy hay fiesta, unas cuantas personas caminan. El resto del tiempo, dice María, una de las vecinas, el lugar está desierto. Y explica: “Por encima es muy bonita, pero la verdad es que no sirve para nada. O bueno, para casi nada”.

          Y en ese casi, una diferencia infinita: la Rambla, en la práctica, divide a La Mina en dos zonas. Una, desde ella hacia Barcelona, donde no está permitido el tráfico porque en ahí juegan los niños. Y ellos no pueden ver droga. La otra, hacia el noreste, donde las bandas sí tienen permitido vender coca y heroína. En esa zona, claro, está la Plaza del Camarón. Es un acuerdo tácito entre los clanes, porque en ese mundo, el subterráneo, no hay nada escrito. Todo se trata de códigos. “Una muralla invisible”, dice Monferrer. Y agrega: “Se tolera un mercado aquí, que está en manos de auténticos asesinos, para que no esté en Barcelona. Les conviene tenerlos aquí porque al menos están controlados”

        Luego María, que fue alumna de Josep Maria en el colegio, gritará mientras se despide: “Eso es así, pero no podemos decir nada. ¡Nos tienen a todos amenazados! Pero da igual, hay que seguir luchando. ¡La dignidad nos hace libres!”. Y ríe fuerte. Como desafiando su suerte.

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         Aunque en un principio se dijo que los 200 millones de euros se invertirían de forma equitativa entre proyectos urbanos y sociales, según la Asociación de Vecinos eso no se ha cumplido. Estiman que hasta hoy más del 85% del dinero se ha gastado en construcciones. El resto, en cambio, en potenciar la formación de agrupaciones.

       Las cifras del Centro de Atención Primaria (CAP) del lugar demuestran que la drogadicción no sólo no ha disminuido, sino que ha crecido de manera exponencial: si en 2009 se recogieron en la calle 14.366 jeringas utilizadas para inyectarse heroína, cinco años más tarde la cifra llegó a 34.278. Lo que ocurre en el Local de Venopunción —un centro de inyección asistida para heroinómanos— es más grave: de atender a 500 usuarios cada mes en 2006, hoy recibe a más de 3.000 y reparte cerca de 330 dosis diarias. Sólo ese local reúne más drogadictos que los otros 11 de Catalunya juntos.

           Se trata, en definitiva, de una medida que no solucionada nada pero que, al menos, evita más muertes. “Los drogadictos llegan a un punto en que, lamentablemente, no se van a sanar. Así que lo que hacemos aquí es evitar que se mueran de sobredosis”, dice una de las vecinas que colabora en el lugar.

Bomba de tiempo

Las escaleras de entrada al edificio Venus están todas semi destruidas. Las barandas hace años que desaparecieron y entre el cemento se dejan ver los fierros de la estructura. Los muros, demasiado rayados. Y las puertas… ¿qué puertas? El edificio es el ícono del barrio y aunque en rigor está en la zona limpia de tráfico, en su interior se esconden innumerables puntos de compra y venta de drogas. De sus 244 pisos, casi una treintena está desocupado. Y en la puerta de cada uno, una marca: “Control Los Manolos. Tío Crestina”.

          Es el sello de seguridad, que incluye al nombre del clan y al de su patriarca. Apenas 28 letras, suficientes para evitar que el piso sea tomado. “Eso para nosotros es una tranquilidad, porque al ser una familia tan respetada sabemos que nadie de afuera se va a meter a vivir ahí”, explica Matilde, habitante del edificio, en el documental 15 años en el Venus. Se trata de pisos que quedaron vacíos luego de que sus dueños fueran reubicados en otros barrios de Sant Adriá.

           Y aquí las sospechas de los vecinos: en 2015 el Consorci gastó casi 300 mil euros en contratos con empresas de seguridad para que se encargaran de esos pisos. Las empresas, sin embargo, explican en el Archivo Histórico, nunca se vieron. Sí, en cambio, las rondas permanentes de Los Manolos. La respuesta del Ayuntamiento es escueta: “No sabemos nada sobre eso”.

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            Desde el último enfrentamiento entre el clan del Tío Crestina y Los Pelúos, en abril de 2016, que terminó con expulsión de los segundos, el poder de Los Manolos en el barrio se multiplicó. Hoy controlan prácticamente todo el lugar y en cada esquina se dejan ver algunos de sus integrantes. La biblioteca, por ejemplo, está bajo su control. También la sucursal del banco La Caixa. Y el Venus y la Plaza del Camarón, claro.

      Con menos terreno quedaron los otros dos clanes que habitan La Mina: Los Baltasares y Los Jodorovich. Y todo esto, el orden de la escala jerárquica, ha desembocado en un periodo de relativa paz en La Mina. Desde el éxodo de Los Pelúos prácticamente no ha habido enfrentamientos ni delitos mayores en el lugar. La droga sigue circulando, pero ahora en manos de unos pocos. Sólo una pequeña redada en abril de este año, que terminó con ocho manolos detenidos, interrumpió esa tranquilidad.

        Pero la historia, filosofa Josep Maria Monferrer, es cíclica. Y en La Mina saben de eso. Puede que sea un robo, una piedra en la ventana, un incendio accidental. Quizás un asesinato o un traficante que equivocó su ruta. O simplemente una mirada desafiante. Hasta el mínimo detalle, temen en el barrio, bastará para que todo vuelva a empezar. Y así una y otra vez.

*Este reportaje fue hecho en colaboración entre De Trip en Trip y el blog de viajes Cambio de Rutas.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Antonio dice:

    Menuo artículo de mierda una de dos o te han engañao como un tonto o simplemente te lo inventas todo campeon

    Me gusta

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