Morriña del norte

El tiempo no se detiene. Pasan los años, los días, las horas y todo sigue igual. Siento morriña por todo lo dejado atrás, por mi tierra y mi lugar.

Hoy me he despertado, como cada mañana, con una sensación de vacío, un dejo de tristeza que me envuelve. Pero esta la noto diferente. En menos de un mes cumpliré veintiocho años. Hace exactamente diecisiete tuve que abandonar mi hogar en Vigo, Galicia, para emprender una nueva vida lejos de mi tierra.  Tiempo en el que no he querido olvidar, no he permitido enterrar los recuerdos que se forjaron durante mi infancia.

Morriña, siempre me has acompañado. No hay mejor cura que el recuerdo, no olvidar de donde venimos. Anhelamos nuestro lugar en el mundo, nuestra tierra,  no la apartamos de la memoria. Las palabras de Rosalía de Castro brotan en mi cabeza. Un poema, un sentir, con el que tantos como yo se sienten identificados:

“Adiós, ríos; adios, fontes;
adios, regatos pequenos;
adios, vista dos meus ollos:
non sei cando nos veremos.
Miña terra, miña terra,
terra donde me eu criei,
hortiña que quero tanto,
figueiriñas que prantei,
prados, ríos, arboredas,
pinares que move o vento,
paxariños piadores,
casiña do meu contento,
muíño dos castañares,
noites craras de luar,
campaniñas trimbadoras,
da igrexiña do lugar,
amoriñas das silveiras
que eu lle daba ó meu amor,
camiñiños antre o millo,
¡adios, para sempre adios!
¡Adios groria! ¡Adios contento!
¡Deixo a casa onde nacín,
deixo a aldea que conozo
por un mundo que non vin!
Deixo amigos por estraños,
deixo a veiga polo mar,
deixo, en fin, canto ben quero…
¡Quen pudera non deixar!…”

Rosalía de Castro en Cantares galegos

La morriña o nostalgia es un sentimiento propio de todos los seres humanos. Sin embargo, para los gallegos como yo es más que sólo eso. Es un sello particular de identidad. La morriña de aquel gallego que un día tuvo que abandonar su lugar para adentrarse en tierras desconocidas. Desde la lejanía permanece todo en el recuerdo, los años transcurren en silencio, hasta el punto de convertirse en un sentimiento que te desgarra por dentro. Hay que ser gallego, sobre todo emigrante, para comprenderla en profundidad.

Viajamos a través de la memoria, de los recuerdos, para no olvidar. Quizás sea una sensación que emerge del interior al ver aquello que me rodea y relacionarlo con mi tierra. Observar el mar infinito, percibir el calor de la gente o el olor a mar en la Barceloneta me regalan una sensación de proximidad. Quien sabe, son muchas cosas que vemos e identificamos como propias aunque no se parezcan lo más mínimo. El juego de la mente que rememora es muy particular. Cruza fronteras, navega por los océanos y vuela como los pájaros con tal de transportarnos a ese sitio que añoramos.

As Rias Baixas, las Islas Cíes, la furia del océano, el verde de las colinas, el aroma salino en cada esquina, las mejores puestas de sol que puedas llegar a imaginar, la comida para el paladar más exquisito y, sobre todo, el calor de la familia y amigos orgullosos de su tierra. A mil kilometros de distancia, pero nunca tan cerca a través del recuerdo. Dicen que el tiempo lo cura todo, puede ser, pero la morriña siempre será mi compañera.

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