Recuerdos de un pasado reciente

Hacía ya dos meses que había dejado su tierra natal, una ciudad cosmopolita, que solía estar llena de gente todo el rato, llena de gente que parece no se importar con lo que pasa, que se ríe –muchas veces de su propia desgracia–, que hace bromas y juega a la pelota a donde sea, siempre que tuviera la oportunidad. Una ciudad de animosidad, de alegría, de gente que le gusta mirar los atardeceres. Una ciudad con arena fina, que huele a mar y sabe a frescura y a sal. El sol, nuestra mayor estrella, el centro del sistema, está presente casi todos los días del año y no se deja olvidar todas las veces que uno pone el pie fuera del despacho. A veces es como si justo al aire libre se perdiera todo el aire.

Pero no se engañe. Esta también es una ciudad de lucha, de gente que se despierta demasiado temprano y se acuesta muy tarde, donde hay que trabajar duro, donde hay que ganar dinero. Después de muchas horas atrapada en el tránsito, en el tren, lleno de gente en la misma situación –y algunos incluso peor–, aun así se consigue oír las risas, los chistes, el sonido de una partida de baraja que suele ocurrir todos los días en el último vagón.

Ahora, después de doce horas en un avión, se encontraba en una ciudad fría, demasiado fría de lo que pensaba poder soportar, los árboles ya no tenían sus hojas, que antes eran tan verdes y que dejaban la ciudad con un aspecto nostálgico parecido al de su tierra. Hasta este día, no sabía que le gustaba la primavera –porque en su ciudad no había diferencia entre las estaciones, todo era verano, sol, mar y calor, excepto por uno u otro día de lluvia acompañada de algunas preocupaciones, como si llegaría a tiempo en el trabajo o cosas frívolas como lo que llevar puesto para que no mojase los pies–.

Era una mezcla de felicidad y de angustia, había dejado atrás muchas cosas, su familia, sus amigos, su piso –pequeño y caliente, pero acogedor y con mucha personalidad, hecho casi a su medida, a su gusto, detalle a detalle–, le costó mucho dejar todo eso. Pero pensaba en el futuro, en algo mejor. Era el momento perfecto para poner en práctica un sueño que ya parecía estar dormido y que nunca se realizaría.

Todo era nuevo, tenía muchas expectativas, mucha ilusión. Ahora tenía que adaptarse a una nueva cultura, a una nueva lengua –aunque la había estudiado hace cinco años, veía que era como si no supiera nada–, una nueva gastronomía –esa fue la parte más fácil, la comida era muy buena y además tenía muchas cosas que le recordaban a las de su ciudad, aunque no fuera lo mismo–. Tan poco tiempo, pero ya extrañaba a muchas cosas, principalmente las frutas –que en su tierra eran tan exóticas, dulces y distintas que hasta sus nombres eran difíciles de recordar–.

Era un día muy soleado, pero hacía frío –como todos los otros días desde que había llegado–, los arboles aún tenían las ramas secas e inmóviles –típicas de una película de terror–. Pero todo aquello le encantaba, era distinto a lo que jamás viviría en su ciudad. Decide que va a salir, explorar la pequeña y encantadora ciudad y mientras caminaba sentía la euforia que le tomaba el cuerpo, creía que estaba justo donde deseaba, entraba en todas las tiendas que tenían algo que le llamaba la atención –el problema es que todo solía interesarle, era una persona muy distraída y le gustaba pasar unos ratos admirando todo, ya fuera en una tienda, en un parque o en un museo– y en eso se le fue el día.

Cuando pensó en volver a casa, estaba agotada y tenía antojo de comer una buena pizza. Había oído que cerca de donde estaba había una buena pizzería –ya había probado unas pizzas por la ciudad, pero todas eran demasiado normales–. Decidió pedir una pizza de salmón, la más cara, la más bien hecha, tenía mucha hambre. Cuando llega a casa, prepara todo para pasar un buen rato, cuando abre la cajita donde estaba la pizza…

El salmón estaba crudo. Ella odia el pescado crudo. Se muere de risa.

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