Friki-experiencia en Couchsurfing

Estoy sentada en el suelo, sobre una alfombra de colores, con las piernas cruzadas en posición de loto. Miro unos videos del Real Madrid en francés mientras bebo té rojo y como dulces rusos. Escucho a un hombre extraño que me habla en inglés, francés y castellano. De pronto me nombra en sánscrito las partes del cuerpo, según las prácticas del budismo tántrico. Asegura que lee mi vibra y hará que mi energía sea liberada…


Lejos de casa y de toda la gente con la que suelo celebrar mis cumpleaños, decidí viajar al sur de España para festejar mi primer cuarto de siglo. Sí, me fui sola para sorpresa de muchos. Mi idea de cerrar algunos ciclos y abrir nuevos influyó en esa determinación. Quería un viaje low cost que valiera la pena cada día de estancia, así que decidí hacer Couchsurfing. Publiqué mi viaje en la plataforma y me llegaron algunas invitaciones para alojarme. Leí las reseñas, vi las fotos de los amables usuarios y hasta googleé a algunos. Agradecí a todos.

Luego acepté ser surfer de uno de ellos que parecía ser amigo de todo aquel que pisaba Málaga y se quedaba en su casa. Me dio su número de móvil para acordar mi fecha de arribo. Mensajes y notas de voz llegaron de día y noche a mi teléfono, via WhatsApp, durante una semana completa. “Otro adicto a las redes sociales”, pensé. Tal vez aquello era un indicio de la experiencia extraña que me aguardaba en la localidad andaluza.

Llegúe a Fuengirola, Málaga.  Bajé del tren con mi mochila de equipaje y otra pequeña en la que cargaba la cámara. Un hombre de aproximadamente cuarenta y cinco años me esperaba en la estación de tren. Se trataba de M., mi anfitrión. Nos saludamos y enseguida tomó una de las mochilas para ayudarme. Agradecí que lo hiciera porque estuve dando vueltas en el aeropuerto con ellas en los hombros, buscando a un hombre que olvidó su tarjeta en el cajero.

En el trayecto intentó tomarme la mano. Yo, en una especie de acto reflejo evasivo, me llevé las manos al cabello para atarlo. Por un momento pensé que había mal interpretado el movimiento y en realidad no quería tocar mi mano (sí, a veces me paso de ingenua). Llegamos a su casa, pero antes de entrar ya me había enlistado todas sus propiedades en la costa malagueña. Abrió la puerta y un olor intenso a incienso me dio la bienvenida. Mi nariz, un tanto intolerante a ciertos aromas, se bloqueó y una voz nasal se apoderó de mí.

M. preguntó si tenía hambre y asentí. Desayuné antes de ir al aeropuerto y a esa hora mi estómago reclamaba cualquier alimento. Comimos, conversamos un poco y me miraba fijamente. Empezaba a sentirme incómoda. Dijo que algunas de sus invitadas terminan enamorándose de él después de mostrarles lo que sabe hacer. “¿Qué es lo que haces?” Pregunté con curiosidad envuelta en temor. “Doy masajes. Sé de reflexología… Puedo hacer que tus energías se despierten más”. “Ah… Okay”, alcancé a decir y seguí comiendo.

En reiteradas ocasiones me ofreció vino, un licor y sangría casera. Apareció la voz de mi papá aconsejándome durante mi adolescencia, diciendo que no acepte bebidas abiertas de desconocidos: “Todo cerrado, hijita, que lo abran frente a ti”. Así que acepté la botella pequeña de un licor italiano. Cerrada, por supuesto. “Yo no quiero intervenir en el futuro trazado de nadie, pero el cuerpo siempre termina eligiendo. Después de los masajes las personas conectan mucho”. No podía dejar de pensar cómo es que un masaje de pies es capaz de conectar a dos personas. Por mi bien, decidí no cuestionar.

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Minutos después yacía sentada en el suelo, sobre una alfombra de colores, con las piernas cruzadas en posición de loto. Miraba videos del Real Madrid en francés mientras bebía té rojo y comía dulces rusos. Escuchaba a ese hombre extraño hablarme en inglés, francés y castellano. De pronto, empezó a nombrarme en sánscrito las partes del cuerpo, según las prácticas del budismo tántrico. Aseguró que podía leer mi vibra y haría que mi energía sea liberada… Todo parecía tan surrealista y tétrico que no presté atención a esa palabra que empleó después de “budismo”.

Trataba de explicar lo que había aprendido en la India, pero cortaba el discurso y desaparecía. Aproveché esos lapsos para enviar ubicación a mis amigos de España y a los de mi país de origen. Seguro no hubiesen podido ayudar mucho, pero saber que conocían mi paradero me reconfortaba. “Si muero, al menos sabrán donde buscar primero”, pensé.  Mi paranoia se intensificó, pero intentaba no hacerla notoria. Miré otras vías de escape por si trancaba la puerta. Detecté posibles armas blancas que sirvieran para defenderme en caso de requerirlo. Mi respiración estaba entrecortada y oía lejano todo. “¿Ese es Zinedine Zidane? ¿Está hablando en francés o italiano? ¿Nunca envejece?”. Decenas de preguntas comenzaron a ser formuladas, algunas sin sentido.

“Estoy preparando el cuarto. Debe tener una temperatura adecuada para cada sesión”. Me parecía increíble que para dar un masaje en los pies pusiera un calefactor en una habitación y encendiera más incienso. Luego empezó a hablar de energía sexual. Me aseguré de que entendiera que no permito que alguien me toque si no lo quiero. Reparto palizas si así sucede y hacerle ver que no es una energía que gaste con cualquier individuo, menos con un charlatán que pretende masajear pies para llegar más y más arriba. O adentro. Comprendí, después de todo, que hacía terapia tántrica y no reflexología, que tocaba senos y vulvas en vez de pies.

Al final, un novio esperándome en Granada y amigos en el centro de Málaga que conocían mi ubicación (ficticio todo en esa ocasión) fueron mi salvación en tan loca situación. Mi estadía en ese lugar no se prolongó más. No hay moraleja. Tenemos que meternos en embrollos como reto de supervivencia. Posteriormente reír por lo inaudito que puede ser el mundo a veces.

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