Hazel, la niña del pórtico

Atenas, Grecia, 2017.

Faltan tres horas para que el sol comience su descenso. Son las 18:00h y las calles aledañas a la estación del metro Victoria se llenan de transeúntes. El Victoria Square y su periferia, ubicado en Atenas, es una de las áreas con mayor confluencia de migrantes que han encontrado ahí el sitio ideal para vivir. La mayoría, provenientes de Afganistán, trabajan con la venta de artículos diversos. Otros ofrecen sus cuerpos a cambio de unos cuantos euros que reciben de locales y foráneos por minutos de placer. El ejercicio de la prostitución no distingue de género ni edad. Hombres y mujeres aceptan ir a casas ajenas en donde son duchados para, posteriormente, tener sexo. Pienso en esas historias mientras dejo atrás la plaza para continuar mi camino. 

Sobre las escaleras de un pórtico de la calle Cheiden, a menos de un kilómetro del Victoria Square, está sentada una joven desaliñada de quince o dieciséis años. Tiene las piernas ensangrentadas; la gente pasa y nadie hace algo. Muchos ni siquiera voltean. Dicen que la indiferencia es un mal común y esta escena lo constata. Detengo el paso para mirar desde lejos y, en breve, reduzco la distancia que me separa de ella. Con un inglés pausado le pregunto si está bien. Observa mi cara inquisitiva durante unos segundos y agacha la cabeza. Me ignora sin sutileza mientras desliza la mano derecha bajo su falda rota. Se quita las bragas, también teñidas de sangre, y comienza a remendarlas con hilo y aguja que ha sacado de un bolso de plástico.

Sus acciones parecen automatizadas: observa en el suelo un punto no visible para mí y vuelve a coser esa sucia prenda íntima. Tardo en captar que la sangre procede de su entrepierna. Me aterra la idea de que no sea parte de un proceso fisiológico, sino signos de violencia. Decido inquirir de nuevo y saber si necesita ayuda. Hazel, como la he llamado por el color de sus ojos, intuyendo mis intenciones se pone de pie para reunirse con un grupo de niñas con el mismo aspecto, evadiendo así mi pregunta. Una mano sostiene las bragas; la otra deposita sus herramientas de compostura en el bolso desechable. Parece no preocuparle. Quizás la sangre que emana de su cuerpo adolescente es un fiel recordatorio de que, pese a todo, sigue con vida.

 

 

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Erick Amado dice:

    Sublime la narración.

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    1. Karla Mariana Huerta dice:

      Gracias, Erick.

      Le gusta a 1 persona

      1. Erick Amado (SexoenMarte) dice:

        A ti Karla!

        Me gusta

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