La primera noche

Eran las 22:00, ya había caído el sol pero aún se podían distinguir rostros y siluetas en la oscuridad. Decidimos cruzar la valla, abierta en señal de invitación. El terreno era amplio y reunía diferentes edificios, tanto en tamaño como a nivel arquitectónico. Algunos altos, con columnas, escalinatas y banderas ondeando; otros, bloques rectangulares con multitud de ventanas. Alrededor, una frondosa vegetación.

Daba la sensación de estar en un parque de atracciones abandonado, pero sin atracciones. En una ciudad desierta tras una catástrofe nuclear. En una sede de Juegos Olímpicos un par de años después de los juegos.

No había ni un centímetro de pared que no hubiese sido pintado con spray. Aquel lugar era el lienzo de grafiteros y artistas de todo tipo. “Policía hijos de puta”, “Haz el amor y no la guerra”, “Querido capitalismo, no eres tú, soy yo. Era broma, eres tú. Hemos terminado”.

Una puerta entreabierta. La luz amarilla que emergía del interior alertaba de la posible compañía. Entramos. No tenía mejor aspecto una vez dentro. Los grafitis se prolongaban sin interrupción. El mobiliario estaba destartalado. Había maquetas desperdigadas por doquier, boca abajo, dentro de taquillas, apiladas sobre las sillas y mesas del pasillo. Algunos carteles anunciaban cursos de diseño y otras materias. Las taquillas, parecía, no se usaban hace años. Estaban abiertas, sucias, algunas incluso guardaban basura. En los baños era mejor no entrar, aunque los grifos dejaban correr agua potable.

La mayoría de puertas estaban cerradas con llave. Había luz al otro lado y se oía movimiento. Recorrimos los cuatro pisos de ese edificio. Los pasillos eran largos y lúgubres, como de película de terror. Solo nos cruzamos con una mujer que salía de una de las aulas. Tenía su propia llave y cerró al salir.

Fuera de oían voces. Griego. Entramos a través de una gran puerta azul de metal. Era un clase clandestina de yoga. En otra sala, una reunión de jóvenes anarquistas.

La cara de Killah-P, Pavlos Fyssas, se imponía en una pared de tres metros por tres. El rapero que, en noviembre de 2013, fue apuñalado por un miembro de Amanecer Dorado. Hasta entonces el partido, autoproclamado como nacionalista, nunca había atacado públicamente a ningún  griego. Esta muerte desató una ola de protestas en toda Grecia.

Todo encajaba. El lugar no estaba abandonado. Era la Universidad Politécnica de Atenas, símbolo de rebeldía y movimientos de protesta. Testigo de la revuelta estudiantil que, en 1974, provocó la caída del régimen dictatorial de la Junta de los Coroneles. La puerta principal fue derribada por un tanque AMX30. Y policías y francotiradores cargaron contra los estudiantes. Una masacre.

Era nuestra primera noche y aún seguíamos vivos. Fuimos a por cervezas para celebrarlo.

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