¿Qué haces cuando no hay mucho que hacer?

Si eres un niño o una niña, generalmente no te enteras de qué pasa, te despiertas todos los días, ni tan temprano ni tan tarde, desayunas, te arreglas, vas al cole, aprendes algo nuevo, o nada nuevo, pero algo más de lo que ya sabías. Luego es la hora de la merienda, sales a jugar con tus compañeros, un momento de alegría, de poner en práctica lo que más te gusta, lo que mejor sabes hacer…  sudarse, ensuciarse, reírse, ser un niño.

Luego tienes ganas  de crecer, de ser adulto, de trabajar y tener tu dinero, más allá, empieza a querer tener tu propio coche, moto, piso, tu propio lugar en el mundo. El tiempo pasa y no lo ves, percebes que la vida es muy dura, ya habías oído eso, pero no lo sabes hasta que te toque a ti las dificultades. Por mucho que intentes puede que no sea suficiente —casi nunca lo es—, muchas veces no lograrás tener todo lo que quieres antes de que hagas treinta.

Comienza tener otras prioridades, a desear nuevas experiencia, a buscar nuevas sensaciones, quieres ver qué hay más allá de tu zona de conforto y percibes que algo en el medio del camino te ha cambiado. Quién te ha dicho que tienes la obligación de saber cuatro idiomas antes de los veinte y dos, o que tienes que tener dos coches, una casa y tres hijos hasta los cuarenta, o que tienes que haber viajado hasta China o hasta cualquier isla de esas desiertas en el quinto pino? Quien hace la vida eres tu y así es la vida de mucha gente.

Pero cuando estás en un campo de refugiados, en este lugar no tienes nada, vives en un container, pálido, duro, sin ninguna de las características que en tu país solías tener en tu hogar. No sabes como será mañana, si estarás vivo, si vas a comer o se lograrás dormir. En este lugar nada te pertenece, tu familia es un grupo de personas en la misma situación que la tuya, muchos ni hablan tu lengua, no tienen la misma religión, ni la misma cultura, pero son personas que intentan ayudarse mutuamente. Todos allí ya no pueden seguir con sus planes, ya no pueden estudiar la carrera que deseaban, se les quitaron la oportunidad de vivir una vida “normal”, lo más normal que sea. Tienen una hora para salir y para entrar, mismo que te digan que ese “es un lugar abierto”.

Es un sitio donde uno nunca había imaginado estar, un lugar que absorbe tus sueños,  pero que, al menos, te permitió huir de la guerra y seguir viviendo, así mismo, no puedes contentarte con eso, es muy poco, eso es solo sobrevivir y no es eso lo que quieres.

En medio a una guerra interna, la vida es una incertidumbre, no sabes si lograrás salir de allí, no sabes si vas a conseguir documentación para ir a otro país, revivir y reescribir tu historia. Intentar de nuevo y de nuevo es un sin fin, al mismo tiempo que la monotonía sigue ahí, sin fecha de caducidad, es decir, todos los días son iguales y es como si vivieras en el limbo. Te acuestas tarde, despiertas tarde, las lenguas que tenías que aprender —necesarias a tu supervivencia— ya las has aprendido, ya caminaste por todas las calles cercanas donde pudiste llegar, además, no logras ir muy lejos porque los campos suelen estar ubicados estratégicamente en lugares alejados del centro de la ciudad, como se quisieran hacer que los refugiados fueran invisibles a los turistas que llegarán junto con el verano. No hay mucho que hacer.  

En uno de esos campos estaba una niña de Kurdistán, nueve años, ojos expresivos, hablaba muy bien el inglés, había llegado allí hace dos años. A su lado, una niña menor, pakistaní, sonrisa tímida. Junto a ellas estaba una buena cantidad de frutas y hortalizas, que ofrecían a quien pasaba. Así que llegamos, dejó de buscar clientes que comprar sus frutas y empezó a hablar como si nos conociera de hace tiempo. Las preguntas en inglés eran las típicas “how is your name?“, “where are you from?“, hasta que empezamos a preguntar algunas cosas y ella, muy lista, nos pregunta Are you working here?, percibimos que era el momento de irnos.

Los niños, eses que muchas veces no se enteran de nada, todavía, por más difícil que puedas creer, siguen con sus sonrisas, siguen jugando, rompiendo barreras, muchos de sus compañeros no comprenden lo que hablan, pero eso no les impide de estar juntos, por cierto los niños miran todo con más fluidez, más simplicidad y quizás un poco de esperanza.

Al final, cuando salimos de allí, pensamos en un millón de cosas, evaluamos nuestras vidas y percibimos que por poco que sea, estar allí por algunos minutos, dedicando tiempo y atención a esas niñas —que están ávidas por conversar con una persona “nueva”— es algo que puede hacer alguna diferencia. Puede que el día siguiente sea exactamente igual, o puede que encuentren nuevas personas para compartir un poco de tiempo, de experiencias, de alegría, un poco de vida. 

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