La ruta más larga | Tamer

Mi buena memoria es mi mayor virtud y también mi peor defecto. Recuerdo todo con precisión, como que llegué a Atenas el 27 de junio de 2016 o que caminé solo y desnutrido durante una semana para cruzar la frontera de Macedonia.

Caminé sin parar. Mis pies estaban destrozados, mis piernas flaqueaban cuando por fin llegué a Grecia, entrando por Tesalónica y siguiendo hasta Atenas. Llevo tan solo un mes en el hotel Oniro. Me desempeño como profesor de inglés de los niños que viven en el hotel. Somos como una familia, nos ayudamos entre todos. Cada persona tiene una larga historia detrás. La vida aquí es dura, no vivimos en paz y no podemos salir a la calle como quien va a comprar el pan. No sabemos si alguien nos hará daño afuera o si, en menos de veinticuatro horas, estaremos en nuestro país de vuelta.

Todo comenzó en 2008. Tenía diecinueve años y vivía en Gaza, el lugar donde nací y crecí hasta que tuve que huir de la guerra en Palestina. Fue una época muy difícil, la situación era cada vez más devastadora y estábamos seguros de que no terminaría. Durante veinticinco días Gaza sufrió una matanza imposible de olvidar. Así que el 18 de marzo de ese mismo año escapé del país con mi familia en busca de un lugar seguro. No podíamos permanecer ahí, nuestra casa había sido destruida y no paraba de escuchar los nombres de familiares y amigos entre las listas de los fallecidos. Mi padre, mi hermano, mi hermana y yo teníamos en mente Noruega. Queríamos llegar a ese país de Europa y buscarnos una mejor vida. Mi familia era muy unida. Mi sueño era ser odontólogo como mi padre, así que entré a estudiar Odontología en la Universidad de Gaza, pero tuve que dejarla. Mi sueño se esfumó. Una lástima, me encantaba y tenía buenas notas. Hablo cinco idiomas: el árabe ─que es mi lengua materna─ , el serbio, el noruego, el macedonio y el inglés. No es que haya querido aprenderlos, no era mi objetivo ser polígloto, pero he tenido que emplear mi tiempo de alguna manera útil. Podría decir que eso es lo único bueno de esta historia, hacer amigos y aprender idiomas que me han facilitado la comunicación con los policías de las fronteras.

Nuestro viaje inició cuando nos fuimos a Serbia, donde estuvimos en un campo esperando tener el documento de refugiados para continuar hacia el norte de Europa. Al poco tiempo mi padre, mi hermana y mi hermano recibieron el papel y se trasladaron al siguiente país. A mí me mantuvieron durante dos meses más en Serbia, luego  me denegaron el permiso. Fue muy difícil separarnos. Después de un año, intenté reunirme con mi familia. Apliqué para tener el asilo en Noruega, pero no hubo suerte. Los policías me pedían documentos y me interrogaban para saber qué hacía, de dónde venía y cuál era mi pasado. Les expliqué que mi familia estaba ahí, que huimos de la violencia en nuestro país y que sólo quería reencontrarme con ellos. Me denegaron la entrada otra vez y me quedé en un campo de refugiados como prisionero durante dos años y tres meses. Me quitaron todos los papeles, me dejaron sin nada y sólo recibí una carta de inmigración de la Unión Europea en la que me informaron que no era posible acceder al país. Eso debía ser una broma… Para las autoridades, la zona de Gaza en la que yo vivía era una zona segura. En cambio, donde vivían mis hermanos y mi padre no, por eso ellos habían podido cruzar sin problema. Me molesté, pero hasta ahora creo que el sistema político actúa de forma aleatoria. No tiene nada que ver con que una zona esté a salvo o no. Ellos eligen quien puede pasar y quién no, así de simple.

En el año 2012, Palestina estaba viviendo la segunda guerra. Era una locura imaginar que el área donde yo estudiaba en mi ciudad estaba a salvo. La situación allí era desoladora, volvía quien quería suicidarse. Yo continuaba en Noruega, pero al poco tiempo, empezaron a rechazar a todos los refugiados, los deportaban a su país. Yo, que llevaba meses durmiendo en las calles, con un frío criminal, también fui seleccionado para ser deportado. Me dieron dos opciones: o me iba por mi cuenta o me deportaban. Si sucedía lo segundo, tendría que estar en prisión hasta que el aeropuerto de Palestina abriera de nuevo. No sabía con certeza cómo estaba Gaza en esos momentos, pero tenía claro que no quería regresar. Llevaba cuatro años en Noruega y necesitaba un visado. Me volví loco buscando en internet donde conseguirlo y a qué país podría irme. Finalmente, opté por ir a los Emiratos Árabes.

Fue un 25 de junio del mismo 2012 que viajé a los Emiratos Árabes, Abu Dabi. Allí me quedé seis meses para conseguir el visado y buscar un trabajo, pero continuaba mi mala suerte y eso no sucedió. Terminaba el año y con él mis posibles soluciones. Mi opción era volver a Serbia y pensé en mi padre que tenía contactos médicos en el país. Ellos podrían ayudarme, pensé. Mi padre contactó a una conocida, una mujer muy amable que me facilitó el trámite de visado para regresar como visitante. Al menos así tendría tiempo para pensar qué hacer. Cuando entré me dijeron que esa era la última vez que me veían. Parecía una amenaza. Advirtieron que si encontraba trabajo o me casaba tendría que irme y volver a entrar a Serbia para solicitar otro permiso. Me quedé un año de ilegal.

En Gaza continuaba la destrucción, era 2014 y había comenzado la tercera guerra. Era un nonstop. En esa época vivía en Serbia con mi mujer. Teníamos que irnos y pensé en Macedonia, el país vecino, o Grecia. Tuvimos que separarnos para llegar ahí. Mi mujer tenía veintitrés años y estaba embarazada, no podía hacer el mismo recorrido que yo. Se fue primero a Turquía para tomar otro camino y llegar a Grecia. En Turquía le dijeron que su visa había expirado y como no podía permanecer en el país, la deportaron a Egipto, país en el que sólo aceptan mujeres. Los hombres refugiados tienen prohibida la entrada, incluso si tienen el permiso. Su viaje a Egipto fue difícil. Sufrió un aborto natural antes de llegar. Había realizado tres veces la misma ruta: de Serbia a Turquía, de Turquía a Serbia y de Turquía a Egipto. Una locura. Ahora está en la habitación del hotel, triste, sin comer ni beber nada. Sigue en estado de shock. Los trayectos, las condiciones de los lugares y las esperas habían sido las peores para una mujer embarazada. La única vez que tuvo la oportunidad de acercarse a un hospital en Serbia no la atendieron porque no tenía dinero para pagar la consulta.

Mientras tanto, en 2015, estuve en Macedonia esperando un visado y buscando trabajo, pero no obtuve nada. Todo era un desastre. Allí aprendí a jugar fútbol con mis compañeros y estudié su lengua. Me hacían preguntas sobre lo aprendido mientras jugábamos. A principios de 2016 puse fin a esa etapa y me dirigí hacia la frontera con Grecia. Fue ahí donde empezó mi trayecto a pie hasta Atenas. Mi mujer no hubiese podido ir a pie y embarazada. En ese momento no sabía que había perdido el hijo y me lo dijo hasta que nos reencontramos en Atenas. Estuve mendigando durante dos días en la calle antes de ir a Hotel Oniro. Mi mujer aún no llegaba, no conocía a nadie, no tenía dinero y en las fronteras nos despojaron de todo. Pero conocí a un chico árabe y él me ayudó a encontrar este sitio. Me habló de Selwa, la encargada del squat. Pregunté por ella y le expliqué toda mi historia. Era un refugiado más. Me dijo que era bienvenido y aquí estoy.

No tenemos ninguna opción. Debemos enfrentarnos a la realidad. Si se tiene que luchar, luchamos. Es nuestra vida y sólo tenemos una. Yo tenía un sueño desde pequeño: quería ser dentista. Después de tres años estudiando, sacando matrículas y aprendiendo idiomas, me veo sin nada. Absolutamente nada. La última vez que vi a mi madre fue en 2004. Ahora está en Gaza con mi abuela, que es una señora muy mayor. Es difícil contactar con ella porque tienen sólo dos horas de electricidad al día. En cambio mi hermano que está en Noruega vendrá a visitarme pronto. Él, mi padre y mi hermana tienen una vida normal, son legales, tienen los documentos oficiales.

Me han preguntado si prefiero ser doctor o traductor y siempre diré que luchador. Huimos de nuestro país porque vimos morir gente joven, niños, familia y amigos. Mi escuela, mi vecindario, todo quedó destruido. No queremos morir. Yo no anhelo un auto lujoso ni una vida de rico. Sólo quiero vivir. Si hay guerra corremos hacia un sitio seguro. No sólo el Medio Oriente está en guerra. Si Europa empezara una tercera guerra mundial todo el mundo huiría y eso es lo que hemos hecho nosotros. Sólo el sistema político sabe dónde acabará el mundo.

Yo sólo espero juntarme con mi familia otra vez y vivir en paz.

 

Tamer, 28, Palestina.

Ruta de Tamer  | Mapa elaborado por Irene García

 

Relato escrito por Blanca Moncosí, basado en la historia de Tamer, un hombre inmigrante viviendo en Atenas.

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