Ay, los aeropuertos…

La nostalgia le llega cada vez que está en un aeropuerto. No importa el motivo del viaje, siempre tiene la misma sensación de añoranza. De lo que fue y de lo que no. De las personas que se han ido y de las que llegarán. Se mira en toda esa gente que llora de felicidad o de tristeza mientras se despiden. En ese último gesto antes de cruzar el control de seguridad. 

Hay una familia que despide a su hijo que irá de intercambio seis meses a otro país. Saben que está por descubrir la vida por sí mismo. En la misma ubicación, a unos pasos de esa escena, está una mujer reprimiendo las lágrimas. Mira al hombre por el que ha sentido tanto y cree que es una buena idea no decirle que lo extrañará. Que lo hará desde el momento en que le de un último abrazo y avance sin mirar atrás. Un hombre viajero lleva su mochila de 60 litros. Está desgastada. Él se ha acostumbrado a pasar más tiempo en los aeropuertos. De hecho, no recuerda el día en que estuvo más de una semana en casa. Tiene más sellos en su pasaporte que recuerdos de cenas con la familia. Sonríe melancólico al momento de buscar un libro que ha marcado en la página setenta y dos con una foto de sus padres. Y se ve, a lo lejos, a una anciana persignando a su nieto. Ha cuidado de ella durante su enfermedad, pero lo ha liberado de toda responsabilidad. Intuye, en silencio, la probabilidad de no volver a verle. 

Ahí va ella. Sabe a dónde viajará en esta ocasión. Las emociones le llegan al estomago y le hacen sentir un gran vacío. Como náuseas. Como eso que se siente cuando vas en caída libre por la montaña rusa. Sin embargo, ella está sentada en la sala y la caída se ha producido sin moverse. 

Tiene enrojecidas las manos. Las frota, pero el frío cala en lo más profundo. Remoja con la lengua los labios deshidratados. Su piel está erizada y, probablemente, los pezones duros bajo su vestimenta térmica. El invierno ha llegado otra vez y, con él, esa historia que no repite. Por aquel entonces desconocía el tiempo que permanecería fuera, pero estaba segura de querer volver. Ahora ya no. 

Ay, los aeropuertos…

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